Imagina que estás rodeado de gente que te quiere y que te aprecia. Imagina que cada cual sigue el curso de su vida y crees apearte de un tren que parece no ser el tuyo. Puede que pienses que dejarlo marchar es lo mejor que puedes hacer. Coger tus maletas y buscar tu sitio; nada más lejos.
El viaje continúa. Van sucediendo muchas cosas. Momentos malos y momentos buenos. Hay momentos en los que quieres olvidar. Miras por la ventana para distraerte, pero sigues viendo tu reflejo. Te auto convences y buscas cualquier excusa. Cuando crees estar en el camino correcto, en realidad vas en sentido contrario, y lo peor, es que no te das cuenta.
Dice una vieja amiga, medio bruja como dice ella, que “el destino decidirá”. Quizá, la próxima estación sea, sin saberlo, la que tanto tiempo llevabas esperando. Sin embargo, sin querer, has llegado al vagón de cola y te preguntas ¿y ahora qué?
Confuso, vuelves a tu asiento, ajeno a lo que te deparará el futuro, tratas de forzar la máquina, tratas de cambiar la dirección del tren. Estás tan obcecado que no te has dado cuenta que va sobre raíles, y que al final, llegará a algún lugar, que sin duda será tu destino.
Has recorrido miles de kilómetros, y con el vagón ya medio vacío, sucede algo que te recuerda a aquello que creías querer olvidar, y es en ese momento, cuando te das cuenta de que quizá el tren no vaya tan desencaminado.
En realidad, lo que ha pasado es que has aprendido a moverte con él, a ser parte de él. Aprendes a disfrutar los momentos que pasas viajando, porque te das cuenta de que en realidad no viajabas sólo. Los que se habían bajado, han vuelto a subir. Los que echabas de menos; te echaban de menos. Has aprendido a disfrutar de lo que tienes, valorándolo al máximo, aprovechando cada minuto.
Al fin y al cabo, la vida es un estado de ánimo y las respuestas fluyen en el viento…
Este artículo se lo dedico a mi gordita, por haberme alegrado el día y porque siempre será mi gordita…



